

Relacionados:
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com
Mantenida por El Archeópterix
Jueves, 18 de septiembre de 2008
___________________________ Mira, paisano, me contaron que en una población de la provincia de Jaén, hace ya algún tiempo, convocaron a los agricultores locales en el salón del bar más céntrico, ese sitio que está en todas las plazas de nuestros pueblos donde un omnipresente personaje de casinillo sabe todos los chismes del pasado; sabe por quién doblan las campanas esta mañana y a qué hora será el entierro esta tarde; sabe la genealogía de los más ilustres amoríos; y hasta, si me apuras, lo que ha de suceder mañana en su ambiente pueblerino. 
Es de uso y costumbre que en tales santuarios de la maledicencia y la insidia, cuando no se le encuentra el pulso a la vida se acabe por inventarlo, ya que no hay mejor jarabe contra el hastío de los que no tienen que hacer nada que vivir la realidad de los demás imaginándola a través de las indiscretas ventanas de un casino pueblerino.
El mundo de un aburrido crónico es tan amplio y diverso, tan lleno de matices y sorprendente, que pasar un rato en el bar de la plaza del pueblo es una inagotable diversión, la mayoría de las veces a costa del buen nombre, la reputación y el trabajo de otros vecinos más menesterosos y tenaces.
Pues bien, resultó, paisano, que la tal asamblea informativa estaba organizada por un ente público de nombre oficial bastante largo y relacionado con el maíz, y cuyos responsables políticos estaban por la labor de propiciar este cultivo en bastante tierra calma de la provincia. En fin, que todos los asistentes acudieron puntuales. Todos con las camisas limpias y planchadas con esmero. Todos con los zapatos enlustrados como el día del Corpus. Todos con los ojos avizores y expectantes ante todo lo nuevo que allí se habría de decir.
Aguantaron los presentes, resignadamente, casi dos horas largas de maíz para arriba y maíz para abajo, de maíz por acá y maíz por allá, hasta que por fin el señor alcalde de turno, en un acto de misericordia, puso el broche de oro al acto agradeciendo a tan doctos técnicos y a tan eficaces autoridades de rango superior, el mucho interés por llevarles las bondades del maíz y la gran conveniencia de proveerles para ello de las ayudas necesarias.
Y siendo buena costumbre acabar los actos con una práctica tan patriótica como ofrecer a los presentes una la copa de vino español --y alguna que otra cosa que llevarse a la boca -- así mandó hacerlo el primer edil, que en espera de que las ayudas del maíz fueran muchas y de gran remedio, y no reparando en el viejo refrán de "huésped que se convida, fácil es de hartar", y como fuera, también, que andábanse tirando salvas con pólvora del rey y se avivaban los fogones con carbón de arbitrios, echó la casa consistorial por el balcón de las banderas, y no se daba abasto a tanto trajín de platos para mantener el ringo rango del evento.
Que si uno de gambas blancas daba paso a otro de langostinos de Sanlúcar.
Que si este jamón de bellota para el señor ingeniero agrónomo de la delegación.
Que si esta mojama para el señor de la dirección general.
Que si este queso curado habrá de gustarle al señor secretario técnico de la consejería.
¡Que no le falte, Juan, manzanilla a ese señor que habló en tercer lugar sobre Europa y el maíz! –ordenaba el alcalde a uno de sus concejales--.
Pásale Paco el conejo en adobo para que lo pruebe el señor delegado.
Y esas chuletillas que no falten; ¡A ver, que llenen...!
Y como dicen que más vale una hartada que dos hambres, de todo había para todos, hasta para los que no siendo agricultores ni haber soportado las dos largas horas de disertación sobre el maíz en cuestión, se colaron de matute desde el aburrimiento del mentidero local que es el bar de la plaza-- hasta el salón donde se celebraba un convite tan pródigo sin tratarse ni de boda ni de bautizo de primogénito de rico.
Y uno de ellos, repleta ya la andorga y queriendo agradecer a quien correspondiera su hartazgo de tan notables viandas, y no encontrando otra mejor forma de llevarlo a cabo, ni otro mejor responsable a quien hacerlo, gritó con brío agradecido: "¡Viva el maíz!". Único causante, a su juicio y a todas luces, de todo lo bueno que para el paladar de aquel personaje maledicente de casinillo, sempiternamente aburrido, había sucedido a costa de la pólvora del rey y los arbitrios de su pueblo.
Feliz semana, paisano, y que te sean leves los muchos convites pagando que se nos avecinan por estas fechas. En no todos ellos se puede gritar ¡Viva el maíz!, y tenemos que rascarnos la cartera y no librarnos de las lenguas maledicentes.
Por: José María Suárez Gallego © | Artículos de Gastronomía | Comentarios (0) | Referencias (0)