Lunes, 31 de diciembre de 2007
José María Suárez Gallego
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"El fin último de toda cultura es el descubrimiento del otoño y la invención de la nostalgia." Álvaro Cunqueiro, Los otros caminos.
Mira, paisano, la palabra cultura, como los buenos guisos, solemos aliñarla con los condimentos de los adjetivos. Pero en la cultura, paisano, como en los guisotes, cuando se nos va la mano con el aliño lo que conseguimos es adulterarla.
Así, el término cultura le quita hierro peyorativo a las palabras que acompaña. A muchas de ellas, incluso, las maquilla en un intento de legitimizarlas a través del Diccionario de la Real Academia Española cuando la define como el
“conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social, etc.” De este modo, hoy se habla sin rubor de la
“cultural del botellón” como la manifestación del uso y la costumbre que hacen los más jóvenes de la calle para reunirse y pasarlo bien en ella, sin que en la mayoría de los casos el establecimiento que les expende las bebidas alcohólicas –como es tradicional-- se vea en la obligación de proveerles de mesas, sillas, y una mala letrina donde desahogar sus vejigas y regurgitar sus vómitos. Es decir, paisano, que, según parece, cuando bebemos plácidamente en la terraza de un bar, heredero de las más
“ancestrales esencias culturales del vino”, estamos haciendo buen uso de la
“cultura tabernaria ejercida en la calle”, y cuando se hace a través de litronas y
“kalimochos” adquiridos en tiendecillas de chucherías abiertas toda la noche y que venden impunemente bebidas alcohólicas a menores, lo que se hace es una mala práctica de la
“cultura del botellón ejercida en la puta calle”.
La palabra calle, como el concepto de cultura, también se la ha maquillado y adulterado con adjetivos y genitivos de aderezo. De este modo, en la tradicional cultura tabernaria del vino, en aquellos años
gloriosos en los que éramos la reserva espiritual de Europa, se exhibía en las tabernas el cartel de
“se prohíbe el cante”, y cuando alguien pretendía hacerlo se le invitaba a salir del establecimiento con un
“a cantar a la puta calle”. Los conatos de debate y opiniones
“no autorizadas” se cortaban entonces dentro de la taberna con un
“a discutir a la puta calle, señores”. En la calle, a secas y sin adjetivos, lo que siempre se ha hecho, paisano, ha sido tomar el sol, un entretenimiento barato donde los haya con el que no se hace mal a nadie. En la
“puta calle”, por el contrario, lo que se ha hecho siempre y se hace ahora, es
“tomar la luna” a precios más baratos que en los
“bares oficiales” y no dejando dormir al prójimo.
Bien sabes tú que llegado el caso siempre andamos los humanos más dispuestos a defender nuestras costumbres --por malas que parezcan— antes que las leyes, por muy justas que éstas sean. Medite, por tanto, el legislador, antes de promulgar la
“ley seca callejera”, sobre cuántas veces los pueblos viéndose privados de
“su” calle se han tirado a la
“puta calle” a reivindicar que el sol salga cada mañana para todos y por igual. Pero esa, paisano, es otra cultura, la del difícil equilibrio tolerante del ejercicio de la libertad, que como otras tantas cosas se cacarea más que se practica.
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